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Reportaje:AIRE LIBRE

Agua y verdor a la sombra de Gredos

En ruta por el río Alberche con parada en los Toros de Guisando

En la provincia de Ávila, la cara septentrional de la sierra enseña parajes para protegerse del calor, como el embalse de Burguillo y la reserva del valle de Iruelas, donde anidan los buitres negros.

Esto es aire, y no lo que se respira en Madrid", exclama Manuel, un jubilado tiznado por el sol como un carbón. "Aquí, en el borde del agua, hasta en agosto corre la brisa". Hace aspavientos con los brazos a modo de bocanadas de aire fresco entrando a mansalva en sus pulmones. Todo un milagro a unos 80 kilómetros de Madrid y 30 de Ávila, situado en la cara norte de la sierra de Gredos. Entre semana, por las orillas del embalse se dispersan parejas de pescadores, bañistas y algún que otro piragüista deslizándose en silencio sobre la piel del agua. La paz es considerable, y el paisaje, la mar de sedante. Apenas unos cuantos chalés encaramados sobre las aguas y algún núcleo de alojamientos rurales descomponen la línea limpia del horizonte. Aunque, mirando la cosa de cerca, no todo es tan limpio. Algunos chavales en campamento de verano se arremolinan junto a la orilla recogiendo la basura que los más desaprensivos dejaron sembrada por las esquinas.

Unas siluetas oscuras

Al embalse de Burguillo va a morir el río Alberche, que discurre hasta allí a trompicones entre sauces, fresnos y olmos de montaña encajonado en el valle de Iruelas, declarado reserva natural y ZEPA (zona de especial protección para las aves). Semejante deferencia se debe a la presencia del águila imperial y a su ingente colonia de buitres negros, que alcanza las 100 parejas, siendo éste uno de los escasos enclaves de Europa en los que nidifican, y se puede contemplar sin dificultad su silueta majestuosa y oscura.

Pero si uno se arrima a la vera del río Alberche, flanqueado por una carreterita que lleva hasta La Rinconada, podrá observar muchas otras especies: rabilargos, oropéndolas y picapinos entre el ramaje, y pinzones, mirlos acuáticos, lavanderas boyeras y lúganos junto al camino y el río, además de un estallido cromático de mariposas, libélulas y saltamontes, cuyos colores oscilan del azul añil al negro azabache, y del verde lima al naranja butano o el blanco rabioso. En los lomos del valle crecen algunos de los mayores ejemplares de pinos laricio de la provincia, así como pinos silvestres, enebros y alisos. El agua -fría como una noche de invierno- invita a refrescarse, aunque no sea más que las pantorrillas, pues en esta parte la escasez de profundidad y las piedras no dan para más.

No muy lejos del embalse se halla El Tiemblo, la principal localidad de la comarca, célebre sobre todo por los Toros de Guisando. En un pasto del cerro de Guisando, a unos nueve kilómetros de la población, se encuentran los cuatro soberbios bovinos de granito, mirando obstinadamente hacia el Oeste sin ver nada, con sus 2,5 metros de largo y su peso milenario. Fueron esculpidos por los iberos hacia el siglo III antes de Cristo, probablemente con fines mágico-protectores. A un kilómetro surge el monasterio de los Jerónimos, de estilo renacentista, entre cuyas paredes venerables reposaron Álvaro de Luna, Álvaro de Mendoza y Felipe II en espera de que concluyera el monasterio de El Escorial. Y ya no de piedra, sino de materia trémula y orgánica, es el Castañar, una arboleda en las afueras de El Tiemblo, donde cobijarse bajo ejemplares centenarios.

Para seguir probando las aguas gélidas de Gredos hay que acercarse hasta Serranillos, un pueblecito perdido en la sierra, a unos 35 kilómetros de Burguillo. De camino se pasa por Burgohondo, donde se puede observar, aunque sea desde el exterior, la abadía de Santa María, convento fundado en el siglo XII por la orden de los agustinos y que conserva ese aspecto severo, intemporal y defensivo propio de la mentalidad de cruzada, aunque suavizado con toques mudéjares en el ábside y una orla ricamente esculpida.

De paseo por Serranillos, aunque los lugareños se empeñan en afirmar que es el último pueblo en preservar su arquitectura popular, la realidad es otra. Conserva alguna fábrica de piedra y algún viejo portón de madera, pero eso es todo. Como en el resto de los pueblos de Gredos, la uralita, la teja industrial y las construcciones impersonales se imponen. Es el emplazamiento lo que hace especial a esta población. Una carretera comarcal se adentra cuesta arriba cerrada y sombría entre una espesura vegetal de robles, quejigos y castaños hasta alcanzar los cerca de 1.200 metros de altitud. Aparece entonces Serranillos arropado por la sierra de la Picota, cuyas cimas de más de 2.000 metros están permanentemente cubiertas de nieve en invierno, y de un verdor tonificante en verano. "Aquí nos abrigamos para dormir hasta en pleno verano", dice Antonio, un pastor que tiene su ganado de vacas "negritas" en los pastizales del puerto. "No comemos más que cosas buenas, nuestras cebollas, judías y tomates; hasta las cerezas crecen por todas partes y nadie las recoge". Y es cierto, en la vega del río crecen cerezos de gran porte llenos de vigor, y aún florecen algunos huertos. Una piscina natural ofrece una pequeña pradera con sombrillas, y un agua de nuevo limpia y fría como no hay dos.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir

- Hasta el embalse de Burguillo, pasado El Tiemblo, desde Madrid, se toma la N-403 por San Martín de Valdeiglesias. Desde Ávila se toma la N-403, pero en dirección contraria.

- Información turística: www.gredos.com.

Dormir

- Hostal Almanzor (920 34 80 10). Carretera del Barco, kilómetro 41. Navarredonda de Gredos. 45 euros.

Comer

- Restaurante Pou (920 28 18 33). General Franco, 5. El Barraco. Cocina sencilla. Unos 25 euros.

- Toros de Guisando (918 62 70 82). Avenida de Madrid, s/n. El Tiemblo. Hotel y restaurante. Especialidad: asado de cabrito. Unos 30 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de agosto de 2004

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